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Viernes 3 de junio, cinco de la tarde. Espero en la consulta del médico. Mientras espero mi turno, entro en Twitter. No he visto los entrenamientos libres y desconozco que Luis Salom ha sufrido un grave accidente. Cuando veo las imágenes, y que ha debido ser evacuado, no tengo buenas sensaciones. Me quedo preocupada.

A las 17:20h hay una rueda de prensa convocada para dar a conocer su estado de salud.

Cuando salgo, actualizo la red social, temblorosa. Los malos presagios se confirman, Luis ya no está con nosotros.

En shock, impactada. Sin entender por qué ha ocurrido esto, causándome tanto dolor el tamaño de la injusticia.

Cerca de la consulta me esperan mi marido y mi hija. Cuando veo a Martina, la recojo entre mis brazos con fuerza. Cerrando los ojos. Con su mejilla junto a la mía, abrazadas.

No puedo dejar de pensar en María, su madre.

Le cuento a Óscar lo ocurrido. Los dos, apasionados del motociclismo, no podemos articular palabra. Nos echamos las manos a la cabeza una y otra vez.

Me costó una barbaridad y tiempo compartir esa publicación. Escribir esas cuatro frases que dicen tanto, que explican a través de unas pocas letras algo de tanta relevancia.

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Y sigo sin poder quitarme a María de mi cabeza. Sin dejar de empatizar con esa angustia, ese desgarro, esa parte de su vida que le han arrebatado.

Como madre, recién aterrizada en la maternidad, imagino ese vacío. Pienso en ese vientre que ha formado a un campeón. En esas noches de llanto, en ese amor inmenso e indescriptible que nace con la llegada de un hijo. Ese vínculo incomparable. En ese afán de protección. En esas imágenes que hemos visto por el televisor de una mamá sufridora y orgullosa.

Luis rechazó volar en business class, para elegir la opción de turista más un acompañante, y así llevarse a su madre a todos los GP.

Maria Antonia, junto a la madre de Romano Fenati, son las dos mujeres que recorren casi todos los continentes del planeta para acompañar a sus hijos en todas las carreras.

Ella, el gran amor de Luis, tan respetuosa que confió en su pasión y en contra de sus propios deseos, le acompañó y apoyó para alcanzar un sueño. Tatuada en su piel. Fiel compañera y cómplice en todos los logros y errores. Mirando al podio cada vez que Luis subía en él, con esa sonrisa que le caracteriza. Masajes, el cuidado de los monos, curas, mimos y mil y una conversaciones. El feedback perfecto. Las palabras justas o el silencio adecuado en cada momento. Un feeling tan palpable a los ojos del mundo entero. Esa madre que decide escoltar y sostener a un hijo que aspira ser piloto de motos, aunque no sea lo que ella quiera.

Su valentía, sus impulsos, su fuerza, su vitalidad y ese espíritu luchador le hicieron convertirse en lo que tanto anheló.

Con tan sólo dos años subió por primera vez en una moto, que llevaba dos ruedas traseras.

Empezó a competir a los ocho años. En 2007 participó en la primera Red Bull Rookies Cup. Debutó en el Mundial de 125 en 2009.

Su primera victoria llegó en Indianapolis en 2012. Año en el que terminaría segundo de la general.

Su gran año fue 2013, en el que se le escapó el campeonato en la última carrera. Era el favorito, pero la fortuna no estuvo de su lado, y a diez vueltas del final, una caída le apartó de sus posibilidades. Fue aquel año en el que nos regaló esa preciosa imagen con Rins, tras la carrera en Valencia. Dos rivales que perdieron el Mundial en la última prueba y que se fundieron en un abrazo, que explica tanto lo que hay detrás de cada trazado.

En 2014 dió el salto a Moto2 y fue Rookie del año. 2015 fue un año complicado en el que finalizó decimotercero.

Actualmente corría en el SAG Team y se situaba undécimo en la general.

118 participaciones en GP, nueve victorias, veintidós podios y cuatro pole position.

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El Mexicano, que así se apodaba por el nombre del caballo del hermano de su manager, Marco Rodrigo, era un piloto valiente. Un chico divertido. Con esa templanza que le mostraba tan concentrado y disciplinado en su trabajo. 24 años tras ese particular lunar, sus catorce tatuajes, ese aire travieso y su preciosa sonrisa. Una persona creyente que repetía una y otra vez su ritual para ser protegido, y que frecuentaba el monasterio de Lluc para rezar.

Ya no podremos ver más a Luis encima de la moto. No estará en Assen, la catedral del motociclismo. No estará en las vidas de un lazo familiar tan manifiesto. Ni en todas las de aquellos que están presentes en el asfalto o desde la distancia de las pantallas. Equipo, compañeros, aficionados y medios de comunicación. De todas aquellas personas que han llorado un adiós tan terrible y que golpea tan duro.

Sigo pensando en Maria. En esa familia. En su padre Jaime. En Toñi, la hermana mayor que justo está creando una nueva vida. En Jaume, el pequeño de los tres, que es otro gran guerrero que sufre parálisis cerebral. En su abuelo Toni, que dirige esa tienda de motos de la que nace esa tradición motera familiar. Y en tantos más…

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Con Luis, se ha ido una parte del motociclismo. Un trozo de su historia. Se ha ido un ángel que ha sido capaz de llevar la paz hasta el parque cerrado, para apagar guerras como la de Rossi y Márquez. Un piloto que ha subido un cajón más alto que los tres que forman el podio de cada domingo. Aquél que está demasiado arriba, muy por encima de nuestros ojos pero tan cerca de nuestro sentir. En aquel lugar al que no podemos llegar. Allí donde estés, te abrazo fuerte, Mexicano.

Nos queda esa película que muestra imágenes haciendo alusión a lo que tanto amaste. Lo que verdaderamente es infinito, tu recuerdo. Y ese sentimiento que te refleja en nuestros corazones. En el que podrás quedarte, con todos nosotros, para siempre.