LeoMessi

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Una manifestación, hashtags, niños llorando, la llamada del Presidente, la carta de una profesora, los paneles del tráfico o del transporte, una estatua en Buenos Aires, el mensaje de Lionel Richie, entre otros. Diferentes métodos unidos para crear una campaña que desea impulsar la vuelta de Leo Messi a la selección.

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Si nos remontamos en el tiempo… Tras su protagonismo en el Mundial Sub20, en el que fueron campeones, Messi debutó con la Absoluta de Argentina el 17 de Agosto de 2005. Los inicios fueron amargos en ese partido contra Hungría, en el que su debut fue tan corto que duró menos de un minuto debido a una expulsión. En la primera jugada en la que tocó el balón, el árbitro interpretó una agresión de Leo hacia Vanczák en un forcejeo con el cual buscaba desprenderse de la marca. Una acción arbitral demasiado severa e inafortunada que empañó aquella primera vez.

Los recuerdos de aquellos comienzos de Leo también aluden a su primera asistencia a Riquelme o su primer gol ante Croacia.

Al ser conovocado en el Mundial de 2006, Leo se convertía en el jugador más joven en participar en dicha competición.

Con participación en tres Mundiales, con eliminación en cuartos en 2006 y 2008, y logrando el subcampeonato en 2014. Cuatro Copa América, en las que terminaron subcampeones en todas menos en la de 2011, no logrando el pase a semis. Y unos Juegos Olímpicos, en Pekin 2008, dónde conseguiría la medalla de oro.

Recientemente, con el récord de máximo goleador de la selección, superando a Batistuta, con 55 tantos.

Una trayectoria acompañada por la comparativa y la presión de ser el sucesor de Maradona. Con el tiempo, apodándole también en muchas ocasiones como D10S, en consecuencia de ese mismo dorsal, de la coincidencia de clubes a los que han pertenecido y del protagonismo que adopta su juego.

Pero Messi no es como Maradona. Y quizás por ello, el Pibe de Oro metió la pata con los micrófonos abiertos con la perla de que Leo no tiene personalidad para ser líder. Cuando el líder no es solamente una cuestión de carácter propio, sino un saber hacer para que tu manada brille.

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Son dos genios del balón con una identidad totalmente distinta. Son dos épocas diversas, un fútbol diferente, con otros jugadores.

Diego es como un primer amor. Muchos dicen que ese es el que nunca se olvida. Y eso es lo que siente el que le compara. Está aferrado a ese pasado, al joven noviazgo. Ese Mundial tan inolvidable, que es el listón que cualquiera que venga, deberá superar.

Otros, que también nos hemos enamorado, pensamos que el tiempo nos acaba poniendo delante al verdadero amor. Y que el primero fue eso, tan sólo el primero y ni mucho menos el último ni el mejor.

Las olimpiadas en el fútbol no alcanzan el verdadero peso que conlleva una medalla.

La hinchada argentina, fanática y pasional sin límites, se desvive por los Mundiales y la Copa de su continente. Cuando hay partido, el país se para. Todo se mueve alrededor del evento. Los cuatro subcampeonatos de Mundial y Copa América saben a poco. No existe conformismo con un segundo lugar en mentes en las que sólo vale ganar. El resto nunca es suficiente.

Y de esa obstinación nace una crítica constante, que hacia Leo Messi, ha sido demasiado dura y cruel. Que no ha valorado su palmarés ni la dificultad de conseguir un título y cuánto hay que pelearlo. Que ha sido perseguido por esa comparativa con el Pelusa y obligado a ser una estrella tan brillante como lo es en el FCBarcelona.

Tenía sólo nueve años cuando ese médico le rompía el silencio hablando de fútbol y le prometió que sería más alto que Maradona. Todos los que le criticaron no apreciaron la valentía de ese niño que se inyectaba agujas a si mismo por perseguir un sueño, que hizo las maletas para irse lejos, y lograrlo.

Osaron mencionar que es un cobarde y un “cagón”. Y gritarle tantas veces “pecho frío”. Curiosamente, esa expresión que nació dirigida a los hinchas y que se ha trasladado al terreno de juego. El hincha, que hoy derrocha pasión por su equipo, y que a la misma vez no alienta, no empuja al equipo. Juzga sin benevolencia, reprocha y señala con el dedo.

No sienten la honra de tener a Leo y cuestionan su amor por la camiseta. Olvidan que rechazó la selección española, la del país de su club. Aquél que le ayudó y apostó por ese talento innato.

Él esperó su turno para cumplir el sueño de vestirse con la albiceleste y representar a su país, a sus raíces y orígenes.

Él, tan modesto y tímido. Busca pasar desapercibido y restar protagonismo a todo lo que hace pero cuando eres una estrella de tal calibre, cuando tienes cinco balones de oro en el bolsillo, resulta ser un imposible.

Del mismo modo, el penalti fallado por Messi en la final de la Copa América captó la atención del planeta. Todos los focos alumbraron esa incredulidad de ver el balón por las nubes. La rabia de ese momento tan doloroso, en el que saber que muchos otros grandes también fallaron, incluido Maradona, no es un consuelo. La frustración por no conseguirlo, una vez más.1466977603_402810_1467036719_noticia_fotograma

¡Qué difícil es lanzar desde los once metros en una final! Por mucha experiencia, los nervios te acompañan en los pasos hacia el punto de penal. El mundo está en silencio, pendiente. Y de ello depende poder ser campeón. Es una milésima de segundo, ese impacto de la bota que golpea el balón. La pelota tiene esa potestad de poder poner en pie a un país entero.

Un 10 está obligado a chutar, tenga el día o no. ¡Qué dirían de él si no lo hiciera!

Argentina perdió la Copa, pero perdió mucho más con las palabras de Leo. Con esas palabras heridas, llenas de resentimiento, anunciando un adiós con la absoluta.

Algo que no debería haber ocurrido con un jugador que a ojos de tantos, es el mejor del mundo, y que con 29, todavía tiene años para capitanear a su selección.

Leo lleva años saliendo a flote y naufragando en esa relación tóxica de amor-odio.

Por suerte no son todos y tampoco tantos. Sólo algunos pero que, como dijo su mujer Antonella, pesan.

Duele no ver reconocido el compromiso y el trabajo.

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Los hinchas verdaderos son los que llevan en volandas a sus jugadores. Y todos ellos salieron a la palestra, acompañados de todos aquellos que valoran a alguien cuando ya se fue. Sea como sea, una gran marea empeñada en su vuelta y que seguro, ha logrado tocar su corazón.

Y aunque varias fuentes señalan que Leo volverá tras los amistosos, es el momento de reflexionar. De guardar respeto, de recapacitar. De hacer hincapié de que todo aficionado al fútbol, si deja a un lado rivalidades o fanatismos, sabe de la excelencia del argentino. De sentir que tener a Leo en la selección no puede ser otra cosa que un gran orgullo.

Un punto de inflexión para que el retorno de Leo abra un nuevo camino en el cual logre lo que tanto anhela: sentirse querido. Y no puede ser tan difícil cuando amar a Messi es tan sencillo.

Vuelve Lio, Rúsia te está esperando. Y todos nosotros, también.

Generalmente es complicado comparar jugadores. Cada uno tiene sus particularidades, que definirán sus características y lo que puede aportar a un equipo. No obstante, hay jugadores que se trabajan la temporada con tal efectividad que destacan por encima de otros. Y así, ha sucedido con Luis.

Ésta ha sido su Liga, en la que ha estado decisivo. Ha logrado romper ese binomio que venía precedido durante estos últimos seis años.

Es curioso que antes fuera también un uruguayo el que consiguiera el pichichi, Forlán.

De este modo, los titulares sobre el máximo goleador de la competición no han focalizado ni a Messi ni a Cristiano.

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Lo ha hecho con una cifra de cuarenta goles, de los cuales sólo tres son desde los once metros que marca la pena máxima.

Esa cifra también le ha hecho alcanzar la Bota de Oro, premio que ya compartió con Cristiano recientemente, cuando representaba la delantera goleadora de los Reds, que estuvieron a punto de levantar la Premier League tras veinticuatro años.

Las estadísticas en Liga le describen además con 125 disparos, 16 asistencias y 677 pases ejecutados correctamente.

Quién iba a decirle que, tras el amargo episodio que enmarcó el mordisco a Chiellini, iba a vivir temporadas tan gloriosas, y ésta, con un papel tan protagonista.

Y me alegra. Porque debo reconocer que por aquel entonces quizás esa imagen suya no encajaba demasiado con los valores que predica el club azulgrana. Se equivocó, y mucho. Esa actitud, y alguna más que se dio en la Premier, le castigó colocándole un disfraz que dejaba en segundo plano el gran jugador que es.

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La penitencia por el suceso del Mundial fue dura, quizás demasiado rigurosa. Tal vez la normativa de la sanción, que regulaba lo que se le permitía y lo que no, se excedió notablemente dejándole tan apartado.

Por suerte, no se desvaneció. Vino a la Liga a triunfar. Su fortaleza mantuvo intacto su espíritu y sus capacidades para volver a emplearlas en el campo.

Sí, una segunda oportunidad. Probablemente el tiempo, el arrepentimiento, sus apoyos y la felicidad de lo que está viviendo, le han ayudado a saber gestionar esa pasión e impulsos que le acompañan en cada contacto con el balón.

Al fin y al cabo, ese entusiasmo acelerado y a veces, incontrolable, forma parte de ese ímpetu por la consecución de logros.

Tiene que ver con esa esencia de luchador. Con esa anticipación y su inagotable insistencia desde el minuto uno hasta el último, independientemente del marcador. Siempre quiere más, nunca es suficiente ni baja los brazos. Pendiente con su mirada de como sube el balón por la banda para llegar en carrera, desmarcándose continuamente, frecuentando la zona del área pequeña, para empujarlo si la oportunidad decide presentarse.

Tiene que ver con su entrega. Con esa historia que relata el querer de dos adolescentes que se separan forzosamente. Suárez no buscaba ser un delantero mediático. Tan sólo se prometió que conseguiría jugar en Europa para estar cerca de Sofía, su gran pilar y su gran amor.

Esa dedicación tan personal que también trasciende en el terreno de juego, con tanta intensidad y persistencia.

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Con una movilidad que engrandece el perímetro. El máximo aliado de asistentes, y el mayor hartazgo para quien le cubre y le persigue.

Una gran lista de virtudes que hacen honor a su presente, el que le detalla a día de hoy como el mejor nueve. Un respiro para el equipo azulgrana que, tras la despedida de Eto’o y con todas sus diferencias, vuelve a tener ese nueve de máximas garantías que encaja a la perfección en el equipo y en el juego.

Tras el hombre del mordisco, está Luis. Está todo su pasado, su presente y lo que le augura el futuro. Detrás de ese olfato goleador está todo el amor que representa su interior, esa figura protectora y tan familiar, y su apoyo a enfermedades como la PKU.

Espero que éste no sea su único año. Que siga lanzando esos tres besos para “Sofi”, “Delfi” y “Benja”, cada vez que el esférico cruce la línea de portería.

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Que siga triunfando. Que el esfuerzo y tanta entrega siga premiándole con esos éxitos que hacen más grande al fútbol. Para que así ya nadie recuerde aquel veinticuatro de junio, sino que hablen de todas las grandezas de ese genio llamado Luis Suárez.